“Creo que he tardo casi 365 días de un año, en olvidar 5 del anterior, ahora que ya he llegado hasta aquí y creo haberlo conseguido… no estoy muy segura de que lo que sostengo entre mis manos es lo que realmente quiero… M.E.N.U.D.A. L.A.T.A.”
Me desperté al día siguiente en su cama, una vez más el tacto de la yema de su dedo gordo acariciando mi muslo y con ello un beso en la nuca. Rememoré la cantidad de veces que había estado en la cama con Yohi y recordé que siempre había echado a faltar el dulce despertar de un tierno besito, un brazo protector por encima de mi torso, mi espalda como el espectáculo más bonito del mundo. Empezando por su dedo llegué hasta su hombro haciéndome camino con mis labios, era un contacto leve pero intenso, excitante e inquietante, la misma dulzura que él me había estado regalando toda la noche, la misma entrega con la que yo había reaccionado. Nos investigamos unas dos o tres veces más.
Cuando el hambre fue ya una sensación insoportable había que incorporarse, me ayudé con los brazos para elevar mi cabeza como si de una cobra me tratara, la funda de la almohada era un lienzo sobre el que el carmín rojo de mis labios se había restregado, jadeado y dejado impresas cientos de sendas de pérdida y deseo, así que sonreí y él buscó mi mirada levantando una ceja.
A duras penas fui capaz de salir de la cama, el forcejeo con él debió de durar unos 20 minutos, a los dos el juego nos parecía muy divertido, yo no paraba de carcajear y a él le encantaba, a mi no me daba la gana de ocultar lo feliz que estaba siendo, él no paraba de darme besos por toda la cara.
Por fin pude tomar del suelo su camisa, la olisqueé sin retirarle la mirada, con un golpe brusco la estiré y me la puse, me dirigí a abandonar la estancia, no sin antes dar un medio giro y retirar una de las solapas para enseñarle mi pecho izquierdo, volví a carcajear espontánea y cerré de un portazo.
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El día 1 de diciembre de 2009 salí de mi casa envuelta en un halo de rareza y de cierta perplejidad. Miraba al mundo extrañada, curioseando y tratando de comprender como había seguido dando vueltas si yo no había sido capaz ni de dar ese parpadeo que hace que un segundo tras otro las cosas se vayan sintiendo de forma diferente.
Pero todo estaba cambiando, yo estaba cambiando y de repente recordé a Adón, aquel camarero que siempre dibujaba con su mano en mi espalda cuando me preguntaba si lo que quería era un café, el que me miraba de reojo a través del espejo que colgaba de la pared, el que hacía ver que no me observaba cuando me tomaba una copa de vino blanco… Chardonnay. Tenía ganas de verlo, ser capaz de sostener esa larga mirada suya, salvaje y sensiblemente atormentada.
Como me hacen fantasear todos sus movimientos arriba y abajo del bar, pues se ve que le enorgullece tomarse el trabajo en serio, conservar una vigorosa imagen de responsabilidad, organizador nato siempre he estado segura de que en un futuro conseguirá tener ese negocio suyo y que lo llevará estupendamente. Aún así, él está harto de mantener la compostura conmigo, ansía cogerme fuertemente de los brazos, inmovilizarme contra su torso y eso sí… un dulce y firme beso siguiendo todo el perfil de mis labios. Por mi parte, la cabeza se me inunda de la humedad de su lengua que empieza por lamer en suaves contoneos la mía, continúa marcando un sendero hacía mi cuello y en pequeños mordiscos va arrancando los sabores de mi cuerpo, pero estas no son más que fantasías de las que acabo de despertar tras empezar a acariciar su dedo gordo mi hombro y preguntarme qué deseo hoy, y en efecto esa es una pregunta que estoy a punto de contestar.
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Foto: Nobuyoshi Araki
Cuando cayó la noche resultaba que me había pasado más de cinco horas llorando y vagando sola por las calles, no lo supe por mí misma sino porque mi madre preocupada me había llamado tal multitud de veces que cuando descolgué el teléfono no hizo más que repetirlo constantemente. Ella resultó un aporte muy efectivo a un inminente dolor de cabeza que junto con una tez deformada tanto en color como en rictus hacían de mí una mujer de lo más fresca y atractiva.
Introducir la llave en la cerradura del portal supuso ya un trabajo terrible, me agobiaba el hecho de seguir pasando por todo esto entre cuatro paredes, tan inquieta y tan perdida, lloraba desconsolada y sentía que mi voluntad era clarísima, desaparecer y dejar de saber de todo, pero en estas situaciones una inesperada madurez te obliga a cuidar un poco de ti misma, te pones el pijama, te lavas los dientes y te introduces en la cama con el brazo sobre los ojos para descansar y de paso ver qué pasa.
Minuto a minuto durante la noche, no me quedó más remedio que dejarme llevar por una de esas turbias sensaciones en las que se confunde el no estar conciliando un verdadero descanso con una retahíla de imágenes y pequeños sueños que vagabundean por la mente. Se exhiben ante los ojos espectadores para que tengas el gusto de montarte las películas y desenlaces que te dé la gana, tras diversas sensaciones trágicas llegué a la conclusión de que si yo era un niño perdido, mis ilusiones y corazón habían huido a Nunca Jamás, y era mi identidad la que debía ser fuerte y no dejar de volar.
Mi nuevo día empezó a las 07:43 de la mañana, se me había olvidado bajar la persiana y desactivar la alarma del despertador… sin fuerzas hasta pasados unos 10 minutos para recomponer todo ese caos matunino que no comulgaba en absoluto con mi vigente voluntad, optimicé mis fuerzas y desenvainé el teléfono para llamar al trabajo e ir vagamente pensando que no me verían el pelo, ni las lágrimas, ni la desgana en toda la semana.
A las 12:23 repté hasta el sofá en el que me tiré, alcancé el mando de la tele y así pasé el primer día de luto… en penumbra y viendo programas que no me interesaban en absoluto.
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Foto: David Hamilton
Se trataba de un lunes por la mañana, al haber despertado indispuesta para hacer mi vida durante ese día había decidido llamar al trabajo para decir que no acudiría, al parecer un increíble dolor en mis oídos no me dejaba ni salir de la cama, pero la realidad era bien distinta, sí que era cierto, no podía sacar ni un pie de debajo de las sábanas, una angustia enorme estaba apretando fuertemente mis pulmones, mi espalda contraída y mi mente bastante convexa e irrefrenablemente alerta no me permitían que pensar en él… en él que me había hecho daño, en ese que había robado mi tiempo en los últimos meses y que me había sorbido por completo el aliento, precisamente el que ahora me estaba faltando.
¿Cómo había sido capaz de desaparecer de esa manera? Aunque visto lo visto, lo estaba prefiriendo así.
Hacía ya unas 24 horas que me había despertado con el mensaje de Margot advirtiéndome que lo mejor era que lo olvidara, que lo había encontrado por la noche y que luego me contaba. Así que el día anterior sí que me había levantado de un brinco, me había dedicado a caminar pasillo arriba pasillo abajo mordiéndome frenéticamente las uñas, elucubrando sobre lo que me contaría por la tarde, evitando llamarla ipso facto para no parecer ese tipo de histérica, tratando de no hacer sopa de todos aquellos pensamientos que me habían ido bombardeando durante las últimas dos semanas, exactamente aquellas durante las que no había recibido llamada ninguna, aquellas durante las cuales había tenido que sufrir lo que más odiaba, la trampa de la incertidumbre, el agujero negro de mi independencia y libertad de actuación.
Creo que acudí como unas ocho veces a la cocina, dieciséis abrí la nevera, veinticuatro me debatí sobre si tenía hambre o quería engullir alguna cosa, dos me acabé sirviendo cereales en una taza exactamente las mismas en las que los volví a depositar en la caja, y el tiempo era interminable y no me estaba ayudando nada de nada.
Aproveché para mirarme bien de cerca en el espejo, hacerme una pequeña limpieza de cutis, después aproveché para mirarme de cuerpo entero y apreciar que mi barriga estaba hinchada pero que no era nada comparado con esa expresión de desquiciada, decidí preguntarme constantemente como podía haber llegado a los veintiocho y seguir siendo tan incapaz de controlar tan insoportable nerviosismo, odiaba mi barriga me estaba causando tal malestar que no dude en apretarla y acabé por golpearla.
Entré en la ducha porque me di cuenta que no hay forma de superar una crisis si una no está limpia y aseada, me regocijé bajo un largo chorrazo, no me permití que escuchar la caída del agua alrededor de mi cabeza, parecía que así las neuras caían a mis pies y era capaz de pisotearlas hasta destruirlas, incluso me pareció ver como se colaban por el desagüe aunque no podría asegurarlo puesto que no llevaba puestas las lentillas y al rato habían vuelto a situarse sobre mi cabeza, aunque eran nuevas formas, se entrelazaban de forma diferente y me mostraban todavía más versiones del asunto. Concluí que el experimento había salido fatal.
Escogí las prendas mas coloridas, probé múltiples combinaciones y cuando me convencí de que podía ser capaz de comerme algo más el mundo, me lancé a la calle. No hice más que dirigirme a todos aquellos recovecos que sólo me recordaban las cosas buenas, aquellos que había decidido nunca mostrarle. Todo formaba parte de una estrategia bien calibrada, y es que una debe ser siempre algo precavida, en algún momento puede tocar protegerse de este tipo de daño.
Fue divertido entender a quien iban dirigidas las sesiones de cine matinal de películas no infantiles, éramos unas diez personas, todas solas y como el mal de muchos es consuelo de tontos… me reconforté pensando que todas debían tener un corazón tembloroso como el mío, y me sentí algo mejor. Mi mano no debió sentir lo mismo, permaneció las dos horas sujetando fuertemente el móvil, esperando la vibración por la que llevaba tantas horas ya despierta, pero acabó la película y ese aparatejo seguía viviendo en el olvido.
Cuando ya empezaba a odiar a mi amiga, me contactó para citarme en media hora por el centro, me venía de perlas… era justo el tiempo que necesitaba para llegar a pie mientras iba escuchando cada uno de los hits que había escogido para representar a cada uno de los hombres importantes de mi vida, lo de las canciones formaba parte de un ritual que yo misma había diseñado y que me llevaba de paseo por algunas paradas de mi vida.
Cuando llegué ella ya estaba sentada, había escogido la mesa pegada a la ventana, la que más nos gustaba cuando lo que nos apetecía era desgranar a la gente pasar y apreciar la belleza de los chicos guapos, además a esa hora el sol que entraba era de lo más alegre, supongo que ella había pensado que era lo que yo necesitaba.
-Hola Margot! – saludé enérgicamente- ¿Cómo fue la fiesta ayer?- para mi esa era la actitud de una persona adulta y equilibrada, sin duda el tipo de persona que yo quería ser.
Ella me miró fijamente a los ojos, bajo la cabeza y se puso a romper una servilleta.
-Bien Bianca… no me andaré con rodeos, ayer Yohi estaba con otra.
-Aja… -aquí mi tono ya había cambiado, ese concepto formaba parte del noventa por ciento de las versiones que había imaginado, así que en cierto modo el impacto no había sido tan fuerte-
-Él me vio, y evitó el saludarme… pero ya sabes como soy, a mi no me dio la gana de darle ese placer – ella lo decía con ese convencimiento fiel que la había convertido en mi mejor amiga, me reconfortan mucho las cruzadas de Margot-
- Ah sí? Qué hicistes? – quería saber lo que ella había hecho, pero ya no me importaba en absoluto lo que él pudiera haber dicho-
- Me acerqué simpaticona, adopté una actitud encantadora, a él no le quedó otro remedio que seguirme el rollo aunque era evidente que la cara se le caía de la vergüenza. Bianca, el muy imbécil trataba de esconder a la chica con la que iba!
Yo también me puse a romper una servilleta…
- Así que le dije, qué pasa? No nos presentas? Como no reaccionaba me presenté yo misma, era japonesa y se llamaba Megumi, él se quedó observando la escenita como un pasmarote, no sabes lo nerviosa que me puso.
- Me lo puedo imaginar… -respondí en un tono perdido- ¿Japonesa has dicho?
- Espera Bianca, es que la historia no acaba aquí… él estaba ansioso por acabar la conversación, así que en cuanto le fue posible me dio esquinazo, pero….
-Margot, al grano! – Margot, sabía despertar mi curiosidad-
- Ya sabes lo poco que tolero las historias a medias y lo fácil que resulta seducir a Simon – Simon era un amigo íntimo de Yohi, y el que me lo presentó una noche que pretendía irse a la cama conmigo-
- Lo sé, lo sé… -afirmé mirando al infinito y con una media sonrisa-
-El tío largó, y largó lo más insospechado, así que espero que estés bien sujeta a la silla porque lo que aquí viene es una bomba.
Mis ojos bien abiertos miraban los suyos muy fijamente.
- Yohi y Megumi llevan unos siete años juntos y por lo visto se van a casar.
De repente, mi corazón dio un vuelco de 180 grados bombeando la sangre del revés, empecé a sentir que no me llegaba el riego a la cabeza, mis articulaciones, sobre todo las rodillas, dejaron de tener sentido y vomité en medio del bar, francamente lo que los demás pudieran ver de mí en ese momento no me importaba lo más mínimo.
Margot trataba de abrazarme, ella articulaba mi nombre pero yo no podía oírlo, cuando mis piernas se vieron capaces alcé el vuelo y salí del bar corriendo, volví a vomitar en la primera esquina, oí a gente comentando – Menudo cebollón… y a estas horas!- pero vuelvo a repetir que lo que los demás pensaran de mí en ese instante no me importaba lo más mínimo… Yohi me había estafado y lo peor es que yo era incapaz de dejar de quererlo.
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Nunca sabe uno lo que está a punto de escribir, pues se supone que lo que se persigue es que el que permanece expectante se involucre con el creador de las palabras, almacene innovadoras conclusiones o aprenda a amasar nuevas formas útiles, pero a uno siempre le ataca la duda de hasta qué punto resulta interesante.
Al crear un personaje lo desarrollo dotándolo de vida, y si algo es claro es que un escritor no conoce más vida que la suya y un poco de la de algunos pocos, y de esta forma me decido a empezar a hablar sobre mí en un personaje al que todavía no he tenido el gusto de presentarme.
En ocasiones, prácticamente podría decir en todas, la historia no es más que el resultado de unas irrefrenables ganas de desahogo, de autosometimiento a una terapia de liberación, la obligación de leerse a sí mismo y a entender aquello sobre lo que todavía no se ha recapacitado, y es que es el tatuaje del que no conoce otra forma.
Para el que no lo sepa el cerebro no reside únicamente en la cabeza, es avaricioso y juega a crear espejismos utilizando potentes tentáculos que cruzan el organismo, precisamente aquellos que alcanzan los dedos han debido hacer parada previa en el corazón… pues el trayecto es largo y la única forma de remontar es aceptando ahí un rato de reposo.
Así nace Bianca, Bianca Leprêt.
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