
Foto: Nobuyoshi Araki
Cuando cayó la noche resultaba que me había pasado más de cinco horas llorando y vagando sola por las calles, no lo supe por mí misma sino porque mi madre preocupada me había llamado tal multitud de veces que cuando descolgué el teléfono no hizo más que repetirlo constantemente. Ella resultó un aporte muy efectivo a un inminente dolor de cabeza que junto con una tez deformada tanto en color como en rictus hacían de mí una mujer de lo más fresca y atractiva.
Introducir la llave en la cerradura del portal supuso ya un trabajo terrible, me agobiaba el hecho de seguir pasando por todo esto entre cuatro paredes, tan inquieta y tan perdida, lloraba desconsolada y sentía que mi voluntad era clarísima, desaparecer y dejar de saber de todo, pero en estas situaciones una inesperada madurez te obliga a cuidar un poco de ti misma, te pones el pijama, te lavas los dientes y te introduces en la cama con el brazo sobre los ojos para descansar y de paso ver qué pasa.
Minuto a minuto durante la noche, no me quedó más remedio que dejarme llevar por una de esas turbias sensaciones en las que se confunde el no estar conciliando un verdadero descanso con una retahíla de imágenes y pequeños sueños que vagabundean por la mente. Se exhiben ante los ojos espectadores para que tengas el gusto de montarte las películas y desenlaces que te dé la gana, tras diversas sensaciones trágicas llegué a la conclusión de que si yo era un niño perdido, mis ilusiones y corazón habían huido a Nunca Jamás, y era mi identidad la que debía ser fuerte y no dejar de volar.
Mi nuevo día empezó a las 07:43 de la mañana, se me había olvidado bajar la persiana y desactivar la alarma del despertador… sin fuerzas hasta pasados unos 10 minutos para recomponer todo ese caos matunino que no comulgaba en absoluto con mi vigente voluntad, optimicé mis fuerzas y desenvainé el teléfono para llamar al trabajo e ir vagamente pensando que no me verían el pelo, ni las lágrimas, ni la desgana en toda la semana.
A las 12:23 repté hasta el sofá en el que me tiré, alcancé el mando de la tele y así pasé el primer día de luto… en penumbra y viendo programas que no me interesaban en absoluto.

