El día 1 de diciembre de 2009 salí de mi casa envuelta en un halo de rareza y de cierta perplejidad. Miraba al mundo extrañada, curioseando y tratando de comprender como había seguido dando vueltas si yo no había sido capaz ni de dar ese parpadeo que hace que un segundo tras otro las cosas se vayan sintiendo de forma diferente.
Pero todo estaba cambiando, yo estaba cambiando y de repente recordé a Adón, aquel camarero que siempre dibujaba con su mano en mi espalda cuando me preguntaba si lo que quería era un café, el que me miraba de reojo a través del espejo que colgaba de la pared, el que hacía ver que no me observaba cuando me tomaba una copa de vino blanco… Chardonnay. Tenía ganas de verlo, ser capaz de sostener esa larga mirada suya, salvaje y sensiblemente atormentada.
Como me hacen fantasear todos sus movimientos arriba y abajo del bar, pues se ve que le enorgullece tomarse el trabajo en serio, conservar una vigorosa imagen de responsabilidad, organizador nato siempre he estado segura de que en un futuro conseguirá tener ese negocio suyo y que lo llevará estupendamente. Aún así, él está harto de mantener la compostura conmigo, ansía cogerme fuertemente de los brazos, inmovilizarme contra su torso y eso sí… un dulce y firme beso siguiendo todo el perfil de mis labios. Por mi parte, la cabeza se me inunda de la humedad de su lengua que empieza por lamer en suaves contoneos la mía, continúa marcando un sendero hacía mi cuello y en pequeños mordiscos va arrancando los sabores de mi cuerpo, pero estas no son más que fantasías de las que acabo de despertar tras empezar a acariciar su dedo gordo mi hombro y preguntarme qué deseo hoy, y en efecto esa es una pregunta que estoy a punto de contestar.


