Me desperté al día siguiente en su cama, una vez más el tacto de la yema de su dedo gordo acariciando mi muslo y con ello un beso en la nuca. Rememoré la cantidad de veces que había estado en la cama con Yohi y recordé que siempre había echado a faltar el dulce despertar de un tierno besito, un brazo protector por encima de mi torso, mi espalda como el espectáculo más bonito del mundo. Empezando por su dedo llegué hasta su hombro haciéndome camino con mis labios, era un contacto leve pero intenso, excitante e inquietante, la misma dulzura que él me había estado regalando toda la noche, la misma entrega con la que yo había reaccionado. Nos investigamos unas dos o tres veces más.
Cuando el hambre fue ya una sensación insoportable había que incorporarse, me ayudé con los brazos para elevar mi cabeza como si de una cobra me tratara, la funda de la almohada era un lienzo sobre el que el carmín rojo de mis labios se había restregado, jadeado y dejado impresas cientos de sendas de pérdida y deseo, así que sonreí y él buscó mi mirada levantando una ceja.
A duras penas fui capaz de salir de la cama, el forcejeo con él debió de durar unos 20 minutos, a los dos el juego nos parecía muy divertido, yo no paraba de carcajear y a él le encantaba, a mi no me daba la gana de ocultar lo feliz que estaba siendo, él no paraba de darme besos por toda la cara.
Por fin pude tomar del suelo su camisa, la olisqueé sin retirarle la mirada, con un golpe brusco la estiré y me la puse, me dirigí a abandonar la estancia, no sin antes dar un medio giro y retirar una de las solapas para enseñarle mi pecho izquierdo, volví a carcajear espontánea y cerré de un portazo.

